JESUS MARCOS

La obra de Jesús Marcos impresiona por su versatilidad, dominio de la técnica y una personal configuración de su imaginero que soporta, en la misma imagen, la pesada carga de la tradición visual de Occidente, al tiempo que realza detalles, ángulos de enfoque y -en una perspicaz apropiación- drena elementos que están cargados de historia reciente y los trasvasa en otro Recipiente.

La búsqueda como punto de arribo.

“Uno usa el ojo para reconocer el entorno” * -afirma-: su captación va del todo al fragmento y de éste retorna enriquecido: nunca la totalidad de la tela volverá a ser la misma, alterada por la historia propia y circundante. A la realidad cortesana, si por ella entendemos la palaciega/periodística, Marcos opone con deliberada astucia y tino, cosmogonías, donde corteja lo imaginario.
Marcos ataca la tela en blanco según ciertos automatismos aprendidos en su etapa formativa, pero ahora incorporados: así, extender las capas de pintura constituyen un acto de libertad mostrado en formas, planos e improntas que pronto serán cubiertos y usados como guías –a la manera de un creativo constructor, que usa las alternancias del terreno- para, sobre él y por él, erigir su imaginaria morada temporal: el cuadro.
“El arte es provocador de mundos”, dice Jesús Marcos mirándonos con ojos brillantes, al tiempo que su mirada va mas allá en el pasado, y se proyecta en el futuro.
Somos para él –y está bien serlo– una instancia de lo provocativo: el creador seguirá con su barreno horadando una instancia captada tras otra, ahora y por fin no más que juego de apariencias colmado de suscitaciones.

El pintor y el mundo.

Concede mucha importancia a lo social, aunque ello no esté puesto en primer plano: más bien su juego reside en disimularlo bajo imágenes de saltimbanquis o tramoyistas, que, como residuo de elementos marginados en lo social, encapsulan quizás la figura del artista como un desclasé, un marginado que, al tiempo que toma apuntes, es sujeto de ese mundo que va perdiendo significado y profundidad.
Las coordenadas se modifican, tornan vectores o realizan pasajes de identidad en la medida que el factor expresivo lo requiere. Marcos, en ese sentido es ocasionalista, pues evalúa y describe como valorizables sólo aquellos elementos que cada uno pone en la tela: los nombres de las cosas atienden a lo que el posible espectador ponga en ellas, un sensible alfabeto visual.

Encastres.

Marcos traza mapas anatómicos cuyo encastre es ficcional, haciendo que los espejos concuerden y desacuerden según la tónica del assamblage, disciplina esta que le llega por dos vertientes: -la de su fuerte filiación visual cinematográfica, con predilección de Eiseinstein, donde la sucesividad correlaciona los planos: se opera por montaje, maniobra esencialmente diferente a la practicada por el cubismo; -la narrativa no lineal: la presencia de Maiacovsky, o relatos de Pavese son sus referentes, donde el presente es ‘sucesivo’ pero compuesto de mosaicos.

Visión histórica.

Pueden distinguirse en Jesús Marcos:
a- etapa de estudiante, signada por la búsqueda, que abarcaría hasta el 66.
b- “de los seres atrapados”, o etapa mejicana, va del 66 en adelante. Aquí se produce un achatamiento de los planos que luego han de desplegarse en volumen.
En ese camino hacia la abstracción, confluyen dos líneas
- el organicismo.
- el informalismo.
c- la tercera etapa que podríamos llamar la de las naturalezas muertas, se cierne del 76 al 82. La fragmentación cobra otro giro, se integra el interior del taller, al tiempo que la figura del pintor va desdibujándose.
d- en esta 4ta etapa se adentra Marcos en su taller, caracterizándose por ciertos objetos talismanes o amuletos, como los zapatos, por ejemplo.
e- esta nueva etapa, que se extiende hasta el 96, es de ocres y cálidos, música atemperada.
f- 6ta y última etapa, que llega al presente, se expresa en imágenes de circo, por ejemplo, que le permiten plasticidad y elegancia.
Puede entonces afirmarse que en él, superada la sólida instrucción formal recibida de Juan Carlos Castagnino, se afirma la lucha entre los marcos conceptuales y constructivos. La abstracción y una reconocible figuración no son para él antitéticas, sino modos o instancias de expresar la realidad.
Lo enraizante –valga la redundancia- es la realidad, pero lo recogido en sus vastos itinerarios, tanto interiores como exteriores, es romper lo narrativo y tender al todo. Las figuras no se cierran sobre sí mismas, no ocluyen lo territorial de la tela pues estarían limitando su aposentamiento. Su búsqueda no es meta, sino principio, y en esto respeta el origen medioeval de la uni-versitas. Las capas de la obra se suceden y superponen como manos de barniz, donde la técnica ha ido eliminando maquillajes, superficialidades, para arribar a un destino que opera, paradójicamente, como punto de partida.

Nadie escapa a su destino.

Marcos traza y dispone en sus lienzos un imperio territorial, que más que semejar, constituyen una onda perceptiva, y la construyen, en tanto parte de cero y procede por contracción y expansión de la imagen.
La figuración son signos, nos dice, y esto implica una postura primariamente anti estetizante. Quizás pudiera hablarse de una figuración trágica, donde cuerpos, elementos , etc. están, o son cortados, y trozados. Este desmembramiento se corresponde con la voluntad de aunar aquella anterior visión, con su exploración planimétrica, que termina suturando invisibles heridas. De cualquier manera, la cicatriz entre figuración y abstracción muestra si no cura, cauterización.

Conclusiones.

A medidas que los años transcurren, el preciosismo va cediendo, acucia la búsqueda de síntesis. Es muchos pintores en uno, y esto es irreductible. Los dibujos y grabados que aquí se muestran son semillas, gérmenes y al mismo tiempo expresiones puras de un pintor cuyo oficio ya es consumado. Marcos ha alcanzado cuño propio y las secuelas –o más bien estelas– de su constante y calmo frenesí creativo es dable constatarlo en los renovados bríos que pone en nuevas experimentaciones, tornados caminos alternativos de su maestría. Esto revela, más que una actitud, una cosmovisión implícita, de la cual las telas constituyen sólo islotes de un archipiélago frondoso y exuberante.