JESÚS MARCOS

Jesús Marcos ha realizado, hasta la fecha, una vasta producción, tanto en cantidad de obras, cuanto en diversidad de problemáticas abordadas. Desde sus comienzos en los años ’60, donde la fragmentación se filtra en su particular universo figurativo -no exento éste de resonancias orientadas hacia la construcción cubista, por un lado, y la vitalidad expresionista, por el otro-, hasta las obras más recientes, Marcos ha explorado y experimentado dentro de su interioridad para configurar una imagen posible de su propia visión del mundo. En esa travesía ha pasado por las contaminaciones pop asumidas en su estadía en Nueva York, el interés por el surrealismo que lo aproxima también a la poesía, la introspección reflexiva y crítica de los años ’70 y la celebración de la pintura en los ’80 y ’90. Observando su postura frente al arte, podemos advertir que nunca se ha planteado el ejercicio de la práctica artística como una carrera de superación de obstáculos, sino como un modo de comprender y expresar el mundo. Este propósito lo alcanza mediante unos pocos, pero profundos interrogantes, o tal vez uno que los contiene a todos: la incertidumbre del hombre frente a un mundo inasible, complejo, multiforme y fascinante. Incluso también podría afirmarse que el desarrollo de su obra no transita una dirección que apunta hacia adelante, sino que practica obstinados retornos sobre sí mismo. De esta suerte, no resulta desacertado pensar que una constante barroca y vitalista merodea por entre sus trabajos, ya sean éstos recientes o lejanos. Resultado también de esa actitud es su interés por el fragmento, que le permite demorarse lo necesario como para pensar y repensar si el tiempo que nos toca vivir puede entenderse en su dispersión o en su integridad. Con esta postura rehúye la idea de un mundo totalizador, poco operativa en nuestra contemporaneidad dado que este paradigma ya hace tiempo viene siendo cuestionado. El uso del fragmento, como estrategia de representación, deja de ser un mero recurso de efecto plástico para asumir una semántica vinculada con el desmoronamiento del paradigma universalista y de las significaciones absolutas. Con la pintura, el grabado, la cerámica o la escultura, Jesús Marcos procura recomponer el mapa de la realidad, o, más bien, presentar en su complejidad el mundo que nos rodea. De este modo, nos propone un mundo donde la realidad pareciera surgir, evocada mediante juegos de relaciones plásticas. Sin embargo, a poco que interroguemos las imágenes con algo de suspicacia, podremos sospechar que, detrás de ellas, el artista pone en evidencia el complejo proceso que el pensamiento activa en el fenómeno de aprehensión de la realidad. En un breve pero sustancioso escrito para la presentación de la muestra que el artista realizó en la galería Soudan en 1993, ya Fermín Fèvre había advertido este juego entre pensamiento y representación a propósito de su obra, invalidando la inscripción de Marcos en la categoría de “realista” para acentuar el protagonismo del fenómeno de la percepción. En efecto, en obras tales como el xilocollage Ecos sonoros, 112 x 145, de 2006, aparecen perfiles de violines en forma fragmentaria y yuxtapuesta, en combinación con otras presencias de diverso origen, -así como recortes de periódicos y planos abstractos intencionadamente texturados- que acentúan el carácter plástico de la representación. La obra propone un distanciamiento del mundo de lo contingente para asumir una categoría estética autónoma. Por lo general, y no obstante esta valoración de lo perceptual y del juego esencialmente plástico, sus collages, pinturas y objetos escultóricos, se presentan como visualización de un pensamiento que sospecha ámbitos ocultos tras la apariencia de la realidad. Ese proceso reflexivo procura conciliar la aparente dialéctica entre lo “real cotidiano” y lo real subyacente a éste. Las derivaciones de escenas de circo, las evocaciones africanas, las estructuras y los ecos sonoros de los últimos tres años, son, posiblemente, figuraciones de nuestro propio universo real, sólo que en lugar de ubicarse en el nivel de las contingencias cotidianas, se inscriben en el plano de las realidades profundas, aquéllas que sospechamos y que la creación estética es capaz de descubrir y, acaso, descifrar. Es aquí donde nos parece conveniente establecer cierta analogía con las premisas del surrealismo en tanto éstas sustentan el ideario bretoniano fundado en la noción de realidad absoluta, concebida en su totalidad y no en la negación de la realidad en pro de una visión imaginaria. Advertimos también que en las obras que se reproducen en este volumen, las técnicas de descomposición del objeto tienen una indudable filiación con las poéticas del cubismo con lo que apreciamos una actitud típicamente contemporánea: la libertad con que el artista entra y sale por cada una de las tendencias, movimientos o escuelas del arte moderno. En estas técnicas se vale de recursos tales como la fragmentación de las formas o la estructuración del espacio representativo mediante yuxtaposición de planos que adquieren valor protagónico. Por lo demás, son estos planos los que organizan los diversos campos cromáticos definidos por barrocas combinatorias tonales. Éstas buscan una cuidadosa armonía en la articulación de luces y sombras y marcan el carácter conceptual de la práctica artística. En cuanto al retorno a las imágenes africanas de sus trabajos más recientes, se trata de una búsqueda formal que le permite volver a las fuentes mismas de la expresión visual. Esta vuelta, que se da como valoración de lo planimétrico, le posibilita salir de lo atmosférico, entendido como ambientación espacial al modo impresionista, y regresar al plano que es para Jesús Marcos una premisa ineludible. De esta manera, al anular la ilusión de espacio, lo que excluye es la idea de distancia, de medida y, por consiguiente también, de vacío. El artista postula la vigencia de un espacio mental aprehendido desde el territorio de la imaginación, con lo que llega a la creación de una nueva realidad, autónoma y sugestiva, no sometida a las normas de la mimesis. Así, la realidad evocada en sus obras toma distancia de la realidad contingente. Atentos a la importancia que en la representación de las imágenes de Marcos tiene el principio de incertidumbre que Baudrillard ha desarrollado con acierto -y que está planteado, como lo apuntamos precedentemente, en el alejamiento de la mimesis, en la fragmentación, en la ambigüedad, en la inestabilidad, en el desequilibrio y en el desborde - podríamos arriesgar una interpretación desde las actuales perspectivas del imaginaire. Éstas proponen una alternativa a las visiones de corte racionalista por lo que sugieren una lectura del mundo y del hombre atenta a las zonas oscuras del subconsciente y de la imaginación simbólica, fiel al cambio de paradigma epistemológico que rige en la actual interpretación de las ciencias humanas. En este sentido, pensamos que las propuestas de Gilbert Durand vertidas en su ensayo titulado La imaginación simbólica son válidas para comprender la postura de Marcos, en tanto el autor se ocupa allí de la dimensión simbólica de las grandes constelaciones de imágenes que el hombre forja del mundo. Por lo demás, presencias de filiación surrealista, cubista, expresionista, neofigurativas -centradas éstas en la barroca exuberancia de la composición y de la combinatoria de recursos plásticos-, alientan en las obras de Jesús Marcos como si se tratara de una actitud “migratoria”. Ahora bien, ante esta pluralidad discursiva típica de una época como la que estamos viviendo, atenta a las relecturas y los revisionismos, estamos más aptos que nunca para dimensionar el valor de la multiplicidad que busca conciliaciones expresivas, sin caer en el recurso fácil de ver en ella una simple y reductora idea de eclecticismo. Asimismo, creemos oportuno destacar que Marcos es de esos artistas que saben interpelar al espectador recurriendo a representaciones donde el reconocimiento de la imagen está velado por una compleja trama de relaciones entre las formas. De esta manera sugiere una mirada atenta que propone al espectador un espacio de múltiples sentidos interpretativos. Tomando en préstamo las palabras que Umberto Eco utilizó para explicar la complejidad narrativa de James Joyce en su ensayo Seis paseos por los bosques narrativos, podríamos explicar el proceso de Jesus Marcos afirmando que su obra es una “máquina perezosa” que obliga al espectador a hacer parte de su trabajo. Así se advierte, por ejemplo, en sus temas de acrobacias circenses donde lucubra sobre la noción de juego, de ilusión, de desafío, en obras que representan el cuerpo humano desde una idea de fractalidad, de dispersión, como si hubiera un encarnizamiento contra la figura humana, que no es menor que su fascinación por las texturas y sus propiedades táctiles o visuales. Con todo esto configura realismos que podríamos llamar “de nuevo cuño”, similares a aquellos desarrollados entre los años ’30 y ‘50, por compartir con ellos la idea de lo inquietante y perturbador. Y aquí llegamos a uno de los puntos nodales que vemos en el artista: el que concierne a la noción misma de “realismo”. Desde las uvas de Zeusis hasta hoy, mucho es lo que se ha debatido y, a partir de Platón que oponía la realidad verdadera a la pura apariencia, ríos de tinta han corrido en torno a la cuestión, removiendo, una y otra vez la vieja controversia sobre el arte figurativo: la de la imitación. En este aspecto, Franz Roh, en una época de crisis como la actual, en la que Europa asistía al desmoronamiento de sus valores, acuñó, en 1927, el rótulo de “realismo mágico” que entendemos aplicable al pensamiento de Marcos. En ese trabajo leemos: “La pintura siente ahora -por así decirlo- la realidad del objeto y del espacio, no como una copia de la naturaleza, sino como una segunda creación” (*). Desde luego, esta enunciación no dista demasiado de las poéticas del surrealismo -al que hemos hecho referencia al comienzo de este texto- dado que se enmarca en un mismo espíritu de época. En relación al collage, resulta interesante detenerse en cómo J.M. incorpora esta técnica en sus obras. De acuerdo con testimonios del propio artista, fue en México donde comenzó a trabajar con ese recurso, pero fue en Nueva York donde descubrió sus posibilidades expresivas para representar el mundo circundante. Según sus propias palabras: “estos collages fueron en buena medida los que me permitieron ver la imagen como fragmentos de la realidad y me dieron esa libertad de ordenar el mundo del cuadro según la necesidad de éste y no del mundo descriptivo y lineal”. En este sentido, también su encuentro con el cine de Einsenstein y la técnica del montaje le abrieron el camino hacia la construcción del relato quebrando con ello la lógica habitual de la linealidad narrativa. Por su parte, el vínculo que establece con el universo de lo poético enriquece esta búsqueda de ruptura con el orden lógico. Con ello, Marcos se inscribe en una de las expresiones más inequívocas del arte contemporáneo: la del mestizaje entre géneros artísticos; así, las artes plásticas y la poesía comparten territorios comunes, siendo lábil su frontera. El interés del arte actual por la poesía alumbra una experiencia estética capaz de crear fértiles imaginarios de lo potencial. Cuando Marcos dice: “Armo mis pinturas como se arma un poema, imágenes-palabras que van configurando una realidad, un clima, una sensación, un mundo. Las imágenes se despliegan en la superficie de la obra, no narrando, sino nombrando, nombrando mundos que se entrelazan con los elementos pictóricos hasta formar un todo inseparable”, proclama, en realidad, el hecho estético como fenómeno autónomo capaz de enunciar un mundo independiente. Marcos busca en la poesía un territorio en el que anclar su lenguaje y ampliar su conciencia. Así, su obra, despreocupada de la tradición de la mimesis y de espaldas al gran relato iconográfico, asume un proceso de refundación lingüístico capaz de proclamar una realidad nueva e inédita.