JESÚS MARCOS: UNA RETÓRICA SENSUAL DEL ESPACIO

La obra ligada al plano de Jesús Marcos puede aceptar más de un encasillamiento. Expresionista, onírico-surrealista, barroca, de acentos pop, de una fragmentación neocubista. Las miradas, más allá de subjetividades, pueden asimismo acceder a ciertos acuerdos conciliatorios y aceptar que -por sobre fórmulas- lo que importa y trasciende es la formulación de la imagen y su tratamiento interno.
La pintura de Marcos está apoyada por una retórica sensual del espacio. Sobre ella, conceptualmente, su plano se multiplica. Ensambla ritmos, despliega fuerzas, logra acuerdos cromáticos y, finalmente, genera una inclasificable poética que es, en definitiva, la que integra sus valores plásticos con definida gestualidad. Porque sus pinturas (más allá de su relación con grabados, esculturas y cerámicas de una raíz común) observan ese otro lado del espacio real y virtual que, por sobre las propiedades de una imagen asociable, está regido por sus propios paradigmas.
El artista trabaja en torno a formas con substrato. Formas que, antes que por lo construídas, dejan traslucir un trasfondo fluyente, enigmático, muy propio. ¿Es ese controlado barroco lo que genera una sensación / sentimiento de lo arcaizante, de lo intemporal? Quizá, su retórica expresiva responda, antes que a códigos de visualidad, a cierto orden perceptual en que la síntesis rectora define y distribuye. Esto último se advierte claramente en varias de las composiciones de sus tres últimos años, trabajos que integran esta muestra.
Una semiosis de asociaciones rige ese orden y lo redimensiona en la fragmentación. En el espacio contenedor cabe así su capacidad para que lo asociable con un instrumento musical, una figura u otras formas transustanciadas, articulen un cosmos de vibraciones. En ese cosmos, en esa consistencia morfológica, está en gran parte la fuerza de su obra.
Graves, texturadas, ensambladas en apretados ritmos, con gamas saturadas de bermellón y azules dialogando con grises y ocres de clave intermedia, sus composiciones desarrollan una poética del plano. Una realidad que traspone lo ilusorio. Un aparente juego de espejos que se trastocan y revierten sabiamente sobre sí mismos. Ecos sonoros II (2006) devela un inquietante campo de fuerzas en que la energía perceptual deviene realismo. Suma de fragmentos, inserción de lo háptico, movimientos sugeridos.Estructura en blancos.(2005) incorpora memorias y genera esa particular sensacióin del orden que distribuye. O Estructura americana II (2007), descubriendo la precisa potencialidad de los blancos.
En cada campo de color de Jesús Marcos, emerge esa retórica sensual del espacio. Ese valor de lo estereognósico, de lo táctil; y a la vez, una suerte de evanescencia en el interludio sonoro de los ocres y las tierras -Figuras arcaicas (2005), Dos figuras (2004)- en que su paleta redefine y aquieta los valores.
Obra que entra en una posible estética de la evocación. Aquél segmento que, para Henri Bergson, sólo la inteligencia es capaz de buscar, pero que, por sí misma no encontrará jamás.Estas cosas sólo las encontraría el instinto, pero él no las buscará nunca.
Jesús Marcos, no obstante, penetra esos túneles y alcanza desciframientos que conmueven. Con su inteligencia, sí. Y con un instinto potenciado.