JESUS MARCOS

En varias oportunidades me he ocupado del arte de Jesús Marcos. El destino, que se elude cumpliéndolo, quiere que vuelva a encomendarme esa grata tarea. La pintura y la música son artes afines. Recuerdo que cuando pintaba me daba ánimo e inspiración escuchar música. No he sido el primero. Sabemos que a Leonardo le encantaba escuchar el laúd mientras pintaba. De allí, algunos deducen la sonrisa de la Gioconda. La literatura también ha servido como argumento a las artes plásticas. Pensemos tan sólo en los Cristos y otros temas bíblicos como Adán y Eva. Estas reflexiones vienen al caso ya que, aunque Marcos bautiza a una escultura como “Monumento Sonoro”, es a escritores con los cuales yo le siento mayor afinidad. No se trata de cualquier tipo de literatura. En el caso de Jesús, los maestros de la pluma que vienen a mi memoria son aquellos que ponen énfasis en el suspenso y el misterio. Tales, Conan Doyle o Raymond Chandler. En el arte de Jesús Marcos yo detecto suspenso y misterio. No es fácil explicar a qué se debe ello. Sus visiones trasladadas al pincel son movedizas como su persona. Nacido no por casualidad en Salamanca, 1938, arribó de niño a nuestro país y de allí en más fueron idas y venidas, vueltas y revueltas geográficas hasta radicarse entre nosotros. Desde Castagnino y Berni, muchos son los maestros que reconoce, cercanos y lejanos. Tan saltarín como su persona son sus pinturas, perfectas en la precisión de formas y colores. Lo que intuimos es que siempre hay un más allá, algo que se nos oculta; siempre su mirada trasciende lo que vemos. Esta última etapa de Jesús Marcos lo confirma en su condición de maestro de acento americano en una tradición hispánica. Yo lo reclamo como óptimo representante de la Escuela de Buenos Aires.