EL DIFICIL EQUILIBRIO DE LO HUMANO

Hace unos años, la pintura de Jesús Marcos nos trajo los violines fragmentarios, yuxtapuestos, marcando los planos frontales del espacio virtual que libera el cuadro. Otra vez fueron los panes y los vasos, flotantes, multiplicados al infinito, desafiando en los lugares por ellos mismos instituidos, toda la gravedad de la tierra, como si habitáramos en Tlon, Uqbar, Orbis Tertius. También hubo un tiempo de zapatos y zapatillas, numerosos, amontonados, inquietantes testigos de sus dueños ausentes. ¿Desaparecidos? Antes habían sido paquetes olvidados, sin rastros de gente a su alrededor, macizos y fantasmales a la vez en su circunstancia vacía.
En todos estos periodos de su pintura, Jesús Marcos parece acentuar dos aspectos de la experiencia –eso al menos es lo que queda en la recepción del contemplador- ; primero, que la realidad se construye como núcleo invariante de la infinita variedad de las percepciones múltiples – como lo enseño teóricamente la fenomenología de Husserl; y lo realizo pictóricamente el cubismo en las primeras décadas de este siglo que llega a su final-; segundo, que la mirada imaginante, a partir de los fragmentos, y precisamente gracias a ellos, aprehende en su entorno temporal la forma esencial del violín único, el arquetipo platónico, el pan primigenio, el vaso, el calzado….
Esas imágenes indicaban además un usuario curiosamente ausente. El violinista, el sembrador del trigo y de la vid, el caminante, el viajero….
Ahora en esta nueva exposición, Jesús Marcos se vuelve directamente al hombre, al hombre que también aparece fragmentario, o mejor dicho, ambiguamente dislocado en los trapecios del circo, mundo mágico engarzado en otro mundo mágico del cuadro, en una lograda mise en abyme que desenmascara brutalmente la equivoca situación del ser humano en la sociedad actual.
Enfrentada a esos hombres y mujeres contorsionados, destacados sobre una paleta más sutil que las anteriores, más adecuada a la creación de este ambiente de recuerdos y expectativas, el espectador titubea, y vuelve para contar todos los miembros de los personajes: ¿son un hombre y una mujer eso que se columpia en el trapecio, faltan o sobran piernas y brazos en esas alturas que proyectan su sombra sobre la arena y los sospechados espectadores?
Pero así como los fragmentos de la percepción, en su variación imaginaria, devolvían a la postre la imagen esencial de lo expuesto, estos huidizos miembros de hombreas y mujeres, las entrecruzadas piernas, los evasivos torsos y los entreverados brazos, captados en la emoción estética de esos bien logrados cuadros de Jesús Marcos, denuncian la realidad de los seres que no logran llegar nunca a su posible identidad. No logran desarrollar su verdadero ser, dentro de un sistema que tan solo los acepta como payasos en el circo, como equilibristas, como aquel “artista del hambre” de Kafka.
En otros tiempos, un cuadro como la gran “Trilogía azul” habría sido metáfora del hombre y de sus ángeles, convertidos todos en volatineros trashumantes.
Sin embargo, desde el dolor de la existencia desgarrada, esos seres flotantes sobre la arena del circo se acercan quizás más a nuestros prójimos, a nosotros mismos. Que las prolijas imágenes de los triunfadores reproducidas al infinito por los medios masivos de comunicación.
Las figuras de los cuadros de Jesús Marcos, paradójicamente no son “realistas” ni “abstractas”: son como pantallazos de recuerdos ligados a la expectativa de un futuro posible pero difícil. No se refieren de modo inmediato y directo a las cosas; pero son reconocibles como alusiones. Las formas y los colores de Jesús Marcos también se balancean como las sugeridas figuras, porque maneja los medios pictóricos como el poeta las palabras: no para designar en un discurso directo las cosas habituales, sino para connotar un mundo: las palabras – las formas, los colores – cobran entonces una dimensión substancial, y configuran ritmos, rimas, armonías y sonoridades, de los que surge aquella atmosfera ficticia en la cual únicamente puede hacerse presente lo humano.
Los cuerpos distorsionados, contorsionados, entrecruzados, no horrorizan pues su irrealidad pictórica primero conmueve, y luego urge a la pregunta. Como dice Milan Kundera hablando de los rostros de Francis Bacón, conjuran “una interrogación sobre los límites del yo”. Así, pues, nos preguntamos piadosamente, mientras la filosofía de nuestros días se enfrenta a las aporías de un ser de quien no logra definir la substancia, mientras la sociedad no consigue - y quizás no intenta - contentar a todos los individuos sin discriminaciones ni exclusiones, ¿Cuándo se detendrá el balanceo del trapecio? ¿Cuándo esas figuras ambiguas y atemorizantes podrán reposar en verdadera y completa identidad?
La emoción estética que trasmiten estos cuadros de Jesús Marcos reitera las pasiones básicas que ellos mismos suscitan a la vez purifican, como el espectáculo de la tragedia, según enseñaba Aristóteles: compasión y terror; compasión por el sufrimiento ajeno; terror porque ese sufrimiento nos involucra.
Ver al desnudo ese mundo sin conciliación, esos interrogantes encarnados en los involuntarios contorsionistas, acaso contribuya a que cada cual cobre conciencia de cuán lejos estamos aun de un mundo humanamente habitable.