EL PINTOR JESUS MARCOS, UN ALMA AGRADECIDA Y UN ARTISTA COMPLETO

Jesús Marcos es un alma agradecida. Así lo demuestra el prologo que escribió para la muestra en Vermeer, el año pasado, en el cual nos confiesa que se trata de un homenaje a sus maestros, que pasa a enumerar “Castagnino me hizo descubrir la “pintura”, y amar el oficio, amar el arte. Berni, tener una actitud frente al arte, frente a la vida, tomar la pintura como una provocación. Petorutti me hizo ver la luz. Vermeer, el clima, lo atemporal de la creación, una aproximación al modo de atrapar el tiempo. En Van Gogh sentí como en nadie la emoción, el sentimiento, la carga emotiva. Zurbarán fue el orden, la medida, la sobriedad, el numero. Velázquez, la atmosfera, el aire, la finura de la realidad, la grandeza del color. El color lo vi en Renoir y en esas ganas de pintar, de amar la vida, la pintura, esa sensualidad… En Goya admire la fuerza, el empuje, la vitalidad, la dinámica. En Picasso, la afirmación del ser, la estructura la tensión, y podría agregar, Leonardo, Rembrandt, los Pop norteamericanos”…
Visitar su taller por el barrio de Palermo Viejo o sus vecindades, calles arboladas, la paz dominical, es como una excursión campestre, tal la serenidad de su estudio en ese ambiente quieto. Desfilan las obras de este argentino de 48 años, nacido en Salamanca, que en su primera adolescencia devastaba maderas para un escultor que luego las terminaría policromadas. A los 14 años lo tuvimos en Bahía Blanca y a los 19 en Buenos Aires, por sugestión de Castagnino, a quien agradece el verdadero descubrimiento del arte, y también Berni en cuyo estudio trabajo algunos meses.
Después vendría México, donde hizo lo propio con Siqueiros, y más tarde Nueva York y Paris. Hasta su retorno definitivo a Buenos Aires en 1972, desde donde no interrumpió su espíritu viajero.
Ante mis ojos desfilan telas de todos los periodos a partir de los años 60, primero con orientación cubista, que después se hará pos cubista. De allí al expresionismo que desarrolla en México con algunos grabados en relieve con reminiscencias de Berni. Después el expresionismo se va haciendo más constructivo.
Hacia la década del 70 la imagen se recorta asemejándose al “collage” y produce un clima surrealista.
Considero que 1975 es el año a partir del cual Jesús Marcos ya es incuestionablemente Jesús Marcos, con su serie de “Paquetes”, que en pintura marcan un hito tan significativo como el de Chamberlain en escultura. A los “Paquetes” se añadirán figuras de vuelo lirico y aparecerán botas y almohadones sobre un fondo recortado. Después “tazas”, que también desafían la ley de gravitación.
En la década del 80 seguirán “panes” y “copas” hasta que en la Bienal de México de 1983 se establece la figura humana con miras a no alejarse. La primera Bienal, dedicada a la naturaleza muerta en 1986, lo incita a incursionar en” muñecos”.
Marcos es ya un artista instalado en su propio estilo, dueño de una solvencia no cuestionable respecto del empleo de los medios. Pinta al oleo, dibuja y graba con igual soltura. Su arte es generoso como su persona, no escatima esfuerzos para brindarnos todo lo que sabe, todo aquello de lo que es capaz. Su presencia en nuestro ambiente es una influencia benefactora y nos congratulamos que su espíritu andariego haya recalado en esta extraña ciudad junto al rio, tan extraña y tan sugestiva como los son, en otro orden de realidades, sus propias pinturas. Jesús Marcos es un artista completo para sensibilidades que no temen la integridad.