EL DIBUJO DE JESUS MARCOS

México, Nueva York, París, jalonaron el largo deambular de Jesús Marcos, artista español formado en la Argentina. Cada instalación -que creía breve- lo llevaba en su presunta urgencia temporal al lenguaje del dibujo. Dos razones pesaban en la opción: la posibilidad del registro rápido de una realidad acuciante y nueva, y la facilidad de ejecución que no necesita de un taller estable. Las estadías se prolongaban más de lo previsto dando tiempo a la multiplicación de los dibujos. A la hora de la partida fueron éstos, los dibujos, quienes acompañaron a Marcos en su peregrinaje y hoy son el mejor y más seguro registro de su evolución estética.
Las obras reproducidas son piezas de distinta data y fueron elegidas a fin de trazar un desarrollo conceptual que va desde las fechadas en la década del setenta hasta las más recientes. El periodo de tiempo involucrado determina cambios substanciales de recursos y tratamiento, pero es innegable que un hilo conductor asegura la filiación. Diríase que un planteo de tensión entre espacio y forma es acometido desde diferentes ángulos de resolución. Así los datos obtenidos de la realidad sensible son procesados mediante fragmentaciones, metamorfosis y transformaciones que van desde la composición trabada, casi sin atmósfera, a la invasión del fondo sobre la forma. La complejidad compositiva es siempre elevada y Marcos sale airoso de estos planteos riesgosos.
Cuando recurre al color éste actúa sin estridencias, al modo de iluminación de la gráfica. Pero es en la severidad del registro de valores donde el artista desarrolla en plenitud sus propuestas. Lo acompaña el sólido aporte de la composición que en su caso conoce los rigores de la lección cubista. A partir de ella puede levitar las formas, transformar la gravitación, eximir de pesantez a los volúmenes; o transformar en signo trágico la acumulación de calzados, dándoles un protagonismo absoluto que reconoce su ilustre antecedente en los zuecos que dibujara el holandés Vincent Van Gogh. Una vez más el arte participa de la metáfora poética y reitera su condición de significante más allá de la representación, de la figuración, que le sirve de vehículo.